El miedo a morir.
El miedo a vivir.
Una reflexión sobre la muerte, la transformación y la vida.
¿Qué es lo que más te da miedo?
¿Qué es lo que más nos da miedo?
Dos de los miedos más profundos y comunes, esos de los que casi nunca
hablamos, son el miedo a la muerte y el miedo a la soledad.
La muerte como arquetipo del final.
Cuando muero, dejo solos a mis seres queridos, a mis afectos, a todo
aquello con lo que me identifico como persona. Con la muerte de la
materia, de este cuerpo, dejo de ver esta realidad que reconozco como la
única realidad.
Y esto se termina.
Cuando muero o cuando el otro muere, aparece la desolación, la tristeza y
la añoranza por lo que pudo haber sido y no fue. Por lo que no dijimos. Por lo que no hicimos. Por el tiempo que creemos que nos faltó.
Algo parecido sucede frente a una separación, una pelea, una enfermedad, la pérdida de un trabajo, una mudanza, cuando los hijos se van o cuando aparece la soledad.
Porque la muerte no siempre es la muerte del cuerpo.
A veces es la muerte de una relación, de una etapa, de una identidad, de una idea que teníamos sobre nuestra vida o de una versión de nosotros mismos que ya no puede acompañarnos hacia donde vamos.
¿Y si pensamos la muerte como parte de la vida?
¿La muerte como el final de algo y, al mismo tiempo, como el comienzo de algo nuevo?
Podemos morir muchas veces aquí, habitando este cuerpo, y seguir viviendo.
Morimos cada vez que dejamos atrás una piel. Cada vez que una certeza se rompe. Cada vez que una identidad creada deja de ser funcional.
Cada vez que soltamos aquello que alguna vez necesitamos para sobrevivir, pero que ya no necesitamos para evolucionar.
La muerte como posibilidad.
La muerte como oportunidad de renovación, regeneración y nueva vida.
Se mueren partes de nuestra identidad que ya cumplieron su función.
Se desprenden las pieles que ya no pueden contenernos. Dejamos atrás una versión de nosotros mismos para subir un escalón, dar otra vuelta al espiral y pasar a un nuevo nivel de consciencia.
Agradecemos las experiencias.
Agradecemos la existencia.
El cambio es la constante de esta vida. La muerte nos permite seguir viviendo.
Qué loca paradoja.
En la naturaleza sucede todo el tiempo.
El árbol suelta sus hojas, no porque haya fracasado, sino porque necesita conservar su energía para atravesar el invierno.
La semilla deja de sersemilla para convertirse en brote.
La oruga desaparece dentro de la crisálida para que pueda nacer la mariposa.
La serpiente muda su piel porque esa piel ya no puede acompañar su crecimiento.
Nada de eso ocurre sin transformación.
Nada de eso ocurre sin una formade muerte.
Nuestro propio cuerpo también lo sabe.
Cada día mueren células y nacen otras.
Existe incluso un proceso biológico llamado apoptosis o muerte celular programada: algunas células, cuando han cumplido su función, activan ordenadamente su propia desaparición para proteger el equilibrio de los tejidos y del organismo.
La muerte celular no siempre es un error. Muchas veces es parte del orden de la vida.
La vida no permanece viva porque nada muera. Permanece viva porque sabe qué conservar, qué reparar y qué dejar ir.
Quizás nuestro cuerpo conoce algo que nuestra mente todavía se resiste a aceptar.
El alma es eterna. Este cuerpo es el avatar que elegimos para experimentar la Tierra.
Con el cuerpo sentimos todo: el placer, el dolor, el frío, el calor, el amor, el miedo, el nacimiento y la pérdida.
Con el cuerpo recordamos la vida.
Y con el cuerpo también recordamos la muerte.
Ahora pensemos esta vida como una línea de tiempo.
El tiempo es una construcción de nuestra experiencia humana.
Medimos todo. Absolutamente todo.
Durante el trabajo de parto contamos las contracciones en minutos y medimos sus intervalos. Tenemos un tiempo para quedar embarazadas.
Corremos detrás del tiempo y, muchas veces, también sentimos que el tiempo corre detrás de nosotras.
Desde que nacemos, todo parece estar organizado en etapas.
Somos neonatos hasta los 28 días. Después llega la primera infancia, el jardín maternal, la escuela primaria, la secundaria, la universidad, la adultez, el trabajo, la jubilación, la vejez y, finalmente, la muerte.
Ese es apenas un resumen muy acotado.
En el medio, seguimos midiendo todo.
¿Cuándo seré madre?
¿Cuándo quedaré embarazada?
¿Cómo será el parto? ¿Podré?
¿Podré después?
¿Cuándo volveré a tener la vida que tenía antes?
¿Es la pareja correcta?
¿Cuánto tiempo estaré en este trabajo?
¿Cuánto tiempo viviré en esta casa?
¿Qué voy a hacer cuando mis hijos crezcan y me quede sola?
¿Cuánto tiempo me queda?
¿Cuanto?
Vivimos pendientes de lo que termina y de lo que todavía no comienza.
Del pasado que ya no está y del futuro que aún no llegó. Y, en esa medición permanente, muchas veces nos alejamos del único tiempo que verdaderamente podemos habitar: este instante.
Y todavía no hablamos de la enfermedad.
No hablamos de esas experiencias que también traemos como parte de la vida. De aquellas que nos transforman, de las que nos nutrimos para evolucionar, de las que aprendemos incluso cuando todavía no podemos
comprenderlas.
Capitalizar las experiencias no significa romantizar el dolor ni negar lo difícil. Significa permitir que aquello que vivimos pueda transformarse en consciencia.
Aceptar la experiencia como una oportunidad para ir dejando las pieles muertas, las estructuras que ya cumplieron su función y las versiones de
nosotros mismos que ya no pueden seguir sosteniendo nuestra evolución.
Bruce Lipton propone pensar cada célula como una especie de ser humano en miniatura: una unidad con membrana, sistemas de intercambio,
capacidad de percibir señales del entorno y mecanismos para responder a ellas.
Pero paremos un momento acá.
Quiero preguntarte algo:
¿Somos seres unicelulares?
O, más sencillo todavía:
¿Podemos vivir siendo una sola célula?
No.
Somos organismos multicelulares. Nuestras células forman tejidos, órganos
y sistemas. Se especializan, se comunican, reciben información y cooperan
entre sí para conservar el equilibrio del cuerpo.
Una célula cardíaca no necesita convertirse en neurona. Una célula del hígado no tiene que realizar la función de una célula del ovario.
Cada una ocupa su lugar, cumple su tarea y, desde allí, aporta a la totalidad.
Ninguna necesita ser igual a la otra para pertenecer.
La unidad no requiere uniformidad.
La ciencia estudia esta comunicación a través de señales químicas, eléctricas, hormonales, inmunológicas y del contacto entre las propias
células. Cada célula recibe información de su entorno y responde de acuerdo con su función y con las necesidades del organismo completo.
Cuando estos mecanismos de comunicación, regulación y cooperación se alteran, el equilibrio puede perderse y puede aparecer la enfermedad.
Incluso el cáncer puede ser comprendido, desde algunas perspectivas de la biología evolutiva, como una ruptura de las reglas de cooperación que
sostienen la vida multicelular.
Pero esto no significa que una persona haya provocado su enfermedad por sentirse aislada, por pensar de determinada manera o por no haber “vibrado correctamente”.
La enfermedad es compleja y multifactorial.
Lo que la biología celular nos ofrece aquí es una imagen poderosa: la vida de un organismo depende de la comunicación, la especialización, la cooperación y la capacidad de cada parte para recordar que pertenece a un todo.
Hasta las células de la uña del dedo gordo del pie son importantes. Quizás no conversen directamente con las células del cerebro, pero forman parte del mismo organismo, reciben nutrientes del mismo cuerpo y participan de una red común.
Todo está unido.
¿Y si ahora pudiéramos ver a cada ser humano como una célula?
Cada ser humano es parte de algo más grande: de una comunidad, de una especie, de una consciencia superior, de una mente universal, de un gran cuerpo, de una unidad.
Cada persona, desde su lugar, su historia, su función y su frecuencia, aporta al equilibrio y a la evolución de la humanidad.
No necesitamos ser iguales.
Así como una neurona no necesita ser una célula cardíaca para tener valor,
nosotros tampoco necesitamos ocupar el lugar del otro para ser importantes.
Pero cuando dejamos de hablar, cuando desconfiamos de todo y de todos, cuando nos aislamos y creemos que podemos existir completamente separados, perdemos la capacidad de reconocer la unidad.
No podemos admirar ni recibir el aporte de ese otro.
De ese otro que también soy yo.
De ese otro que está ahí para mostrarme algo, para espejarme, para incomodarme, para acompañarme o, simplemente, para recordarme que formamos parte de un mismo cuerpo.
Quizás la soledad profunda no sea estar sin otras personas.
Quizás sea olvidar que pertenecemos.
Olvidar que somos parte de algo más grande. Olvidar que nuestra existencia tiene una función, aunque todavía no podamos comprenderla.
Olvidar que, así como cada célula aporta a la vida del organismo, cada ser aporta algo irrepetible a la trama de la existencia.
Tal vez por eso tememos tanto a la muerte y a la soledad.
Porque ambas nos enfrentan con la idea de separación.
Pero ¿y si nada estuviera verdaderamente separado?
¿Y si cada final fuera una transformación?
¿Y si morir fuera también volver?
Volver a la tierra.
Volver a la unidad.
Volver a recordar.
Somos vida transformándose.
Somos células de un cuerpo inmenso.
Morimos muchas veces, y muchas veces volvemos a nacer.
Tal vez vivir no sea aferrarnos a una forma para siempre.
Tal vez vivir sea aprender a transformarnos sin olvidar que, aun cuando una parte termina, seguimos perteneciendo al todo.
¿Qué ocurre cuando una identidad se resiste a morir?
¿Qué sucede cuando sabemos que algo terminó, pero seguimos aferrándonos a la forma que tenía?
Nos resistimos.
Nos resistimos porque esa identidad, incluso cuando ya no nos representa, alguna vez nos protegió. Nos permitió pertenecer, ser aceptados, sentirnos queridos, reconocidos y seguros.
Esa identidad nos ayudó a sobrevivir.
Entonces, ¿cómo soltarla sin sentir que estamos soltando una parte de nosotros mismos?
¿Cómo dejar morir a quien fuimos sin creer que estamos perdiendo todo lo que somos?
Nos aferramos a los nombres, a los roles, a las relaciones, a las profesiones, a los lugares y a las historias que contamos sobre nosotros.
Soy médica.
Soy madre.
Soy hija.
Soy pareja.
Soy fuerte.
Soy la que puede con todo.
Soy la que cuida.
Soy la que resuelve.
Soy la que sostiene.
Nos identificamos tanto con esos personajes que, cuando alguno empieza a desarmarse, sentimos que somos nosotros quienes estamos desapareciendo.
Pero no somos solamente eso.
Cumplimos roles, transitamos experiencias y construimos identidades para movernos en esta realidad. Sin embargo, detrás de todas esas formas hay algo que permanece.
Algo que observa.
Algo que siente.
Algo que recuerda.
El problema no es construir una identidad. La necesitamos para vivir esta experiencia humana. El problema aparece cuando creemos que somos
únicamente esa identidad y nos aferramos a ella, incluso cuando ya se volvió pequeña para la vida que quiere atravesarnos.
Entonces la transformación se siente como amenaza.
El cuerpo busca conservar el equilibrio. Intenta anticipar, regular y mantenernos a salvo. Muchas veces interpreta lo conocido como seguro,
aunque lo conocido nos haga sufrir.
Porque lo conocido tiene un mapa.
Sabemos cómo movernos ahí.
Sabemos quiénes somos ahí.
En cambio, lo nuevo todavía no tiene forma.
No sabemos cómo será nuestra vida después de esa separación, después de esa pérdida, después de ese diagnóstico, después de que los hijos se vayan, después de dejar un trabajo o después de reconocer que ya no queremos continuar viviendo como lo hacíamos.
Y aparece el miedo.
¿Quién voy a ser si dejo de ser quien fui?
¿Quién voy a ser si ya no me necesitan?
¿Quién voy a ser si dejo de sostener?
¿Quién voy a ser si digo que no?
¿Quién voy a ser si dejo de cumplir con lo que esperaban de mí?
¿Quién voy a ser si me permito desear otra vida?
Tal vez por eso muchas veces permanecemos en lugares, vínculos y maneras de vivir que ya no tienen vida para nosotros.
No porque no sepamos que terminó.
Sino porque todavía no sabemos quiénes seremos después.
La identidad se resiste porque confunde transformación con desaparición.
Pero transformarnos no significa negar quienes fuimos.
No necesitamos rechazar nuestras versiones anteriores. No necesitamos
sentir vergüenza por las decisiones que tomamos desde la consciencia que
teníamos en ese momento.
Podemos agradecerles.
Agradecerle a la mujer que calló porque necesitaba sentirse amada.
Agradecerle a la que sostuvo porque pensó que, si soltaba, todo se derrumbaba.
Agradecerle a la que controló porque tuvo miedo.
Agradecerle a la que se quedó porque todavía no podía irse.
Agradecerle a la que se fue porque finalmente pudo escucharse.
Todas esas versiones hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían.
Todas nos trajeron hasta acá.
Pero agradecer no significa seguir habitándolas para siempre.
Hay identidades que fueron refugio y después se volvieron prisión.
Hay estructuras que primero nos sostuvieron y después comenzaron a limitarnos.
Hay pieles que nos protegieron, pero que, si no las soltamos, ya no nos dejan crecer.
La serpiente no odia la piel que abandona. No la juzga. No cree que haya sido un error.
Simplemente ya no cabe en ella.
¿Y si pudiéramos hacer lo mismo?
¿Y si pudiéramos mirar nuestra antigua identidad con amor y decirle: gracias por traerme hasta aquí, pero ya no necesito que conduzcas mi vida?
Morir a una identidad no es destruirnos.
Es dejar de defender una forma que ya cumplió su función.
Es permitir que la energía que utilizábamos para sostener un personaje quede disponible para crear algo nuevo.
Porque sostener lo que ya murió también consume energía.
Se necesita mucha fuerza para fingir que todavía queremos lo que ya no queremos. Para sonreír cuando el cuerpo pide llorar.
Para permanecercuando todo adentro nuestro pide movimiento. Para seguir respondiendo desde una versión que ya no somos.
El cuerpo, muchas veces, lo sabe antes que la mente.
Lo muestra en el cansancio, en la tensión, en la incomodidad, en la falta de deseo, en esa sensación difícil de explicar de estar viviendo una vida que ya
no se siente propia.
Esto no significa que cada síntoma tenga una única causa emocional ni que la enfermedad sea responsabilidad de quien la atraviesa.
El cuerpo es complejo y necesita ser escuchado y acompañado desde todas sus
dimensiones.
Pero también podemos preguntarnos:
¿Qué está intentando decirme?
¿Qué parte de mi vida necesita ser revisada?
¿Qué estoy sosteniendo por miedo?
¿Qué versión de mí necesita descansar?
¿Qué forma ya no puede contener la vida que quiere nacer?
Quizás la resistencia aparece porque queremos conocer la nueva forma antes de soltar la anterior.
Queremos garantías.
Queremos saber que no vamos a equivocarnos, que no vamos a quedarnos solos, que el próximo vínculo será mejor, que el nuevo trabajo funcionará, que el cuerpo responderá, que el embarazo llegará, que el proyecto crecerá, que después del salto habrá tierra firme.
Pero la transformación no siempre ofrece certezas.
La semilla no conoce el árbol.
Para germinar, tiene que abrirse. Tiene que romper su cubierta.
Tiene que dejar de conservar la forma que la protegía para permitir que algo nuevo
emerja desde su interior.
Vista desde afuera, la semilla se rompe.
Vista desde la vida, está naciendo.
Tal vez eso también nos ocurra.
A veces creemos que nos estamos rompiendo cuando, en realidad, estamos dejando de caber en la forma anterior.
Estamos germinando.
Hay un momento entre la muerte de una identidad y el nacimiento de la siguiente en el que no sabemos quiénes somos.
Un espacio vacío.
Un silencio.
Una pausa.
Ya no somos quienes éramos, pero todavía no sabemos en quiénes nos estamos convirtiendo.
Y ese espacio puede sentirse profundamente solitario.
Queremos llenarlo rápido. Encontrar otra pareja, otro proyecto, otra respuesta, otra identidad.
Algo que vuelva a nombrarnos y nos devuelva la sensación de control.
Pero ¿y si no corremos?
¿Y si nos quedamos un momento ahí?
¿Y si el vacío no fuera ausencia, sino gestación?
El útero parece vacío y, sin embargo, es espacio de creación.
La tierra durante el invierno parece quieta y, sin embargo, debajo de la superficie la vida se está preparando.
La noche parece oscura y, sin embargo, es la oscuridad la que nos permite descansar, regenerarnos y volver a ver la luz.
No todo lo que no podemos ver está muerto.
No todo lo que está en silencio está detenido.
No todo lo que todavía no tiene forma está vacío.
Hay procesos que necesitan oscuridad.
Hay vidas que necesitan tiempo de gestación.
Hay nuevas identidades que no pueden ser pensadas: necesitan ser encarnadas.
Entonces, quizás, no se trate de inventar rápidamente quién voy a ser ahora.
Quizás se trate de dejar de repetir quién fui.
De habitar el cuerpo.
De respirar.
De permanecer receptivos.
De permitir que la vida vuelva a organizarnos.
Así como las células reciben señales de su entorno y responden a las necesidades del organismo, nosotros también necesitamos recuperar la capacidad de escuchar.
Escuchar al cuerpo.
Escuchar al otro.
Escuchar la naturaleza.
Escuchar los ciclos.
Escuchar aquello que intenta emerger cuando dejamos de llenar todos los espacios con ruido, exigencias y respuestas conocidas.
La nueva identidad no siempre llega como una revelación.
A veces aparece en pequeños gestos.
En un límite que antes no podíamos poner.
En una conversación que finalmente nos animamos a tener.
En el descanso sin culpa.
En el deseo que vuelve.
En la capacidad de pedir ayuda.
En la decisión de dejar de abandonarnos para sostener a los demás.
En una nueva forma de habitar el cuerpo.
En una voz que empieza a sentirse propia.
Morir y renacer no son dos acontecimientos separados.
Son partes del mismo movimiento.
Algo muere mientras algo nuevo comienza a respirar.
Una célula desaparece y otra ocupa su lugar.
Una hoja cae y alimenta latierra.
Una etapa termina y libera la energía que necesitaremos para la siguiente.
La muerte devuelve.
Devuelve materia a la tierra.
Devuelve energía a la vida.
Devuelve espacio a lo nuevo.
Entonces, cuando una identidad se resiste a morir, quizás no necesitemos arrancarla ni pelear contra ella.
Quizás necesitemos escucharla.
Preguntarle qué teme perder.
Agradecerle lo que hizo por nosotros.
Mostrarle que ahora tenemos otros recursos.
Y decirle, con amor:
Podés descansar.
Ya no necesito sobrevivir de la misma manera.
Estoy lista para vivir.
Tal vez evolucionar sea eso.
No convertirnos en alguien completamente diferente, sino soltar todo aquello que ya no nos permite recordar quiénes somos.
No sumar más personajes.
No construir otra máscara más luminosa, más espiritual o más aceptable.
Sino quedar, por un instante, desnudos de definiciones.
Sin saber.
Sin controlar.
Sin pedir permiso.
Presentes.
Habitando este cuerpo.
Con los pies en la Tierra.
Disponibles para la vida que, una vez más, intenta nacer a través de nosotros.